dos gotas de
agua
Por Sergio Peñate, alumno de 4º ESO-B
Mientras ella lloraba mirando la lluvia
caer por la ventana, yo la observaba a ella. La taza de chocolate
caliente que sostenía con ambas manos temblaba al ritmo que lo
hacían sus manos. De vez en cuando los dientes de la chica chocaban
unos con otros al tiritar por culpa del frío y de la humedad de
aquella noche. Aquella en la que la Luna estaba escondida tras
cientos de nubes y, ni un poco de su luz, podía llegar a iluminar la
oscura noche. El cuerpo de la chica yacía en la cama revuelta que
estaba al lado de la ventana pero su mente estaba en cualquier otro
lugar menos en aquel. Sus ojos apuntaban a la luz parpadeante de la
farola, pero, medio segundo después, ese no era el punto al que
miraba. En cambio, eran mis ojos a los que miraba tan detenidamente.
Si observaba bien, podía llegar a ver mi reflejo en sus cristalinos
ojos. Podía llegar a ver mi pelo revuelto y mi empapada camiseta. Y
podía ver mi boca entreabierta, a punto de decir algo pero no siendo
capaz de formular palabra. Podía verme a mí mismo, un rostro
despreocupado, un muchacho empapado, un triste canal que se coló, a
las tantas de la madrugada, en casa de esa triste chica para
proponerle la libertad.
Era una noche de tormenta, la mejor
para huir. Ella de sus problemas, yo de mi vida entera. No apartaba
su mirada de mí, casi ni pestañeaba. Yo ya tenía la boca seca, y
en ese momento fue cuando la cerré, tragué saliva y me dispuse a
hablar. No hizo falta. La dulce chica recogió su enredado pelo en
una coleta, se puso una chaqueta negra y unas botas, y ambos nos
dirigimos a la puerta de salida. Salimos y la lluvia nos mojaba.
Sentíamos el agua fría recorrer nuestras caras. Abrí la boca y
dejé que cientos de gotas entraran por mi boca. Ella hizo lo mismo.
Ambos nos reímos y, al unísono empezamos a dar vueltas por toda la
calle mojada mientras la lluvia nos mojaba la piel. En mi mente
sonaba mi canción favorita, la cual me recordaría por siempre este
preciso momento en el que ambos hemos evadido nuestros problemas y
nos sentimos parte de la danza que forma la lluvia. Y es que no somos
más que eso. No somos más que gotas de agua. Y ambos, juntos, somos
el más lindo día de lluvia. En el que las gotas caen sin razón
alguna, y dos chicos despreocupados, sales sin frenos, a bailar bajo
ellas y encuentran la verdadera libertad.

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