Blog del Departamento de Lengua Secundaria y Bachillerato

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martes, 6 de octubre de 2015

Historias de 4ºB Secundaria

Los alumnos de 4ºB de Secundaria, este año, como actividad quincenal recuperan la realización de una historia a través de un tema que consensúan todos en clase y posteriormente preparan en su casa para leer ante el grupo. Se trata de una actividad que ya realizaban en cursos anteriores y que ha sido un gran acierto desde el profesorado del Departamento de Lengua del Colegio Virgen del Mar, incentivando la creación y la puesta en práctica de la expresión y ortografía. Durante este curso, 2015-2016, como novedad, incluiremos que los alumnos a lo largo del año escolar vayan quincenalmente, no solo leyendo la historia elaborada, sino además desarrollen una explicación o exposición de ella ante el gran grupo de la clase. Igualmente, vamos a ofrecer las dos mejores historias en el blog del Departamento de Lengua “Todos somos lengua castellana”, quincenalmente.


Historia 1. Seleccionada el viernes 02 de octubre, 2015

No es coincidencia: vagando por las calles… mi última bocanada de aire

Por Ariadna Fuentes, alumna de 4ºB

Vagando por las calles sin rumbo alguno iba yo. Mirada posada en la acera constantemente sin ser levantada. Ojos rojos e hinchados de días sin dormir, y apenas teniendo higiene alguna desde Dios sabe cuándo. Pero ya no me importaba nada. Cuando todo me había sido arrebatado, sólo tenía ganas de cerrar los ojos y caer en un sueño tan profundo del que no despertaría nunca. ¿Qué sientes cuando pierdes lo más significante del mundo para ti? Os lo puedo describir a la perfección. Sientes ese dolor agudo en el pecho que hace que te sea difícil respirar, ganas de llorar todo el rato y desear que te trague la tierra para no seguir sintiendo semejante dolor, tensión muscular que con cada paso que das, hace que te sea más difícil dar el siguiente, falta de apetito, imágenes de a quien has perdido por todos lados. Todo lo que ves te recuerda a esa persona. Desde la cosa más simple a la más compleja. Andar perdido muchas veces, sentimiento de culpa, todo es culpa tuya y quieres quitarte la vida por ello, enfado y rabia hacia otros, pero también hacia ti mismo por no haber pasado más tiempo con ellos , por cosas que no hiciste o dijiste, o por sentir que podrías haberles hecho más felices de lo que lo hiciste.


En resumen, todo tu mundo se desmorona frente a tus ojos y no puedes hacer nada para evitarlo, solo mirar cómo todo desvanece a tu alrededor, la vida y sueños que habías creado. Conozco tan bien ese sentimiento desde que ellos murieron. Primero fue mi hijo. De camino a la escuela fue atropellado por un coche y la pobre criatura, mi niño, al que vi nacer, no volvió a abrir los ojos. Semanas más tarde fue mi mujer por un incendio. Al principio estuvo luchando y permaneció en coma unas horas, pero perdió su lucha contra la temida muerte. No creo que sus muertes fueran una coincidencia. Alguien iba tras ellos, fueron asesinados, pero cada vez que hablo de ello con la policía me dicen que mi hijo simplemente estaba en un mal lugar, en un mal momento; y de mi mujer, un triste accidente, un escape de gas. Yo no me creo toda esa basura. No es coincidencia que alguien atropelle a mi hijo y no pare el coche, sino que se vaya sin dejar rastro. No es coincidencia que semanas después muera mi mujer por un escape de gas, al igual que no es coincidencia que yo yazca en el suelo con un disparo en la cabeza cogiendo mi última bocanada de aire.

Historia 2. Seleccionada el viernes 02 de octubre, 2015

Había entrado en el local…

Por Aurora Hernández, alumna de 4ºB

Había entrado en el local, con una mirada fría y decidida. Ella siempre había creído en ella antes que en los demás. La confianza no era
algo que regalase a cualquiera y la amabilidad no era su punto fuerte.
Pero, a pesar de todo, siempre era el centro de las miradas.

Llamaba la atención intentando no llamarla, y era escuchada por todos cuando no quería que nadie lo hiciese. Algo especial en ella la hacía de lo más vulgar, mientras que a su vez, esa vulgaridad la hacía especial.

Pidió un refresco con hielo en la barra del bar. Justo antes de ser servida, un señor canoso ya la había invitado a comer algo. La muchacha, con una expresión temible, terminó la conversación antes de que comenzara siquiera.

Desde pequeña había sido educada de manera que fuese lo más dura posible con las personas de su alrededor. Así aprendió, y así creció.

Era ella hija de duques, aunque siempre renegó de su sangre. Cuando en su boca tan solo existían dientes de leche, en su cabeza estaban los cuentos que leía por las noches, e iba a la escuela, los demás niños la asolaban y de manera muy cruel, se burlaban de ella. Sorprendentemente, o no, todas esas personas que la negaron durante los primeros años de su vida, pasados considerables años, como para conocer el valor del capital, se interesaron por saber de ella.

A estas alturas, se podrá pensar que lo especial en ella era todo el dinero que poseía en sus fondos; pero curiosamente, era eso lo que la hacía vulgar.

Ella, sin lugar a dudas, era tan solo una chica corriente, con sueños por cumplir, con decisiones por tomar... una chica que tenía que equivocarse, aprender y, sobretodo, vivir.

Una simple muchacha que nunca quiso reconocimiento por proceder de donde lo hacía.

Mientras las personas morían por riqueza, ella tan solo quería vivir sin ella. Era infeliz. Pensaba que nunca tendría un final feliz durante su vida, y que cuando llegara su muerte, únicamente las personas que la quisiesen de verdad, serían las que se preocuparían por ella y no por su bolsillo. Sus pensamientos siempre habían sido tan tenebrosos que quiso ponerles fin, tanto a ellos como a sí misma.
Días pasaron, y el local al que asistía normalmente, lucía un llamativo cartel de cerrado, después de tantos años sin hacerlo ni un solo día.

La única persona que se había preocupado por ella y su funeral, había sido el señor de la barra, ese que cada día insistía en invitarla a comer, que era curiosamente, el dueño del local.

También, era el hombre al que debía esos profundos ojos azules y esos hoyuelos al final de los labios. Era pues, su verdadero padre. Al que, por supuesto, debía también la vida.

Cuando ella era tan solo un bebé con dos pelos en la cabeza, el estéril duque, buscaba una hija a la que mimar y mostrar al mundo. Ya que no podía traerla, se dedicó a pregonar en la región (tenemos que reconocer que era un duque de pocas luces) que daría mucho dinero por una niña sonrosada para criar, a la que no le iba a faltar absolutamente nada. El pobre hostelero, (en esos tiempos sin canas), sin trabajo y en la miseria, por entonces pensaba que su hija estaría en mejores manos con el duque, ya que él, no tenía nada que echarle a la boca y temía hasta por su muerte. Antes de que muriese desnutrida, la entregó a dicho duque. Ironía es que años después -y no demasiados-, prosperase en un negocio, y se pudiese permitir el mantenimiento de una instalación.

 Así pues, la vida de la muchacha giraba en torno al vulgar Don Dinero.

¿No es coincidencia que lo que le salvó la vida fue también lo que se la arrebató?


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