Los alumnos de 4ºB de Secundaria,
este año, como actividad quincenal recuperan la realización de una historia a
través de un tema que consensúan todos en clase y posteriormente preparan en su
casa para leer ante el grupo. Se trata de una actividad que ya realizaban en
cursos anteriores y que ha sido un gran acierto desde el profesorado del
Departamento de Lengua del Colegio Virgen del Mar, incentivando la creación y
la puesta en práctica de la expresión y ortografía. Durante este curso,
2015-2016, como novedad, incluiremos que los alumnos a lo largo del año escolar
vayan quincenalmente, no solo leyendo la historia elaborada, sino además
desarrollen una explicación o exposición de ella ante el gran grupo de la
clase. Igualmente, vamos a ofrecer las dos mejores historias en el blog del
Departamento de Lengua “Todos somos lengua castellana”, quincenalmente.
Historia 1. Seleccionada el viernes 02 de octubre, 2015
No es coincidencia: vagando por
las calles… mi última bocanada de aire
Por Ariadna Fuentes, alumna de
4ºB
Vagando por las calles sin rumbo
alguno iba yo. Mirada posada en la acera constantemente sin ser levantada. Ojos
rojos e hinchados de días sin dormir, y apenas teniendo higiene alguna desde
Dios sabe cuándo. Pero ya no me importaba nada. Cuando todo me había sido
arrebatado, sólo tenía ganas de cerrar los ojos y caer en un sueño tan profundo
del que no despertaría nunca. ¿Qué sientes cuando pierdes lo más significante
del mundo para ti? Os lo puedo describir a la perfección. Sientes ese dolor
agudo en el pecho que hace que te sea difícil respirar, ganas de llorar todo el
rato y desear que te trague la tierra para no seguir sintiendo semejante dolor,
tensión muscular que con cada paso que das, hace que te sea más difícil dar el
siguiente, falta de apetito, imágenes de a quien has perdido por todos lados.
Todo lo que ves te recuerda a esa persona. Desde la cosa más simple a la más
compleja. Andar perdido muchas veces, sentimiento de culpa, todo es culpa tuya
y quieres quitarte la vida por ello, enfado y rabia hacia otros, pero también
hacia ti mismo por no haber pasado más tiempo con ellos , por cosas que no
hiciste o dijiste, o por sentir que podrías haberles hecho más felices de lo
que lo hiciste.
En resumen, todo tu mundo se
desmorona frente a tus ojos y no puedes hacer nada para evitarlo, solo mirar
cómo todo desvanece a tu alrededor, la vida y sueños que habías creado. Conozco
tan bien ese sentimiento desde que ellos murieron. Primero fue mi hijo. De
camino a la escuela fue atropellado por un coche y la pobre criatura, mi niño,
al que vi nacer, no volvió a abrir los ojos. Semanas más tarde fue mi mujer por
un incendio. Al principio estuvo luchando y permaneció en coma unas horas, pero
perdió su lucha contra la temida muerte. No creo que sus muertes fueran una coincidencia.
Alguien iba tras ellos, fueron asesinados, pero cada vez que hablo de ello con
la policía me dicen que mi hijo simplemente estaba en un mal lugar, en un mal
momento; y de mi mujer, un triste accidente, un escape de gas. Yo no me creo
toda esa basura. No es coincidencia que alguien atropelle a mi hijo y no pare
el coche, sino que se vaya sin dejar rastro. No es coincidencia que semanas
después muera mi mujer por un escape de gas, al igual que no es coincidencia
que yo yazca en el suelo con un disparo en la cabeza cogiendo mi última
bocanada de aire.
Historia 2. Seleccionada el viernes 02 de octubre, 2015
Había entrado en el local…
Por Aurora Hernández, alumna de 4ºB
Había entrado en el local, con
una mirada fría y decidida. Ella siempre había creído en ella antes que en los
demás. La confianza no era
algo que regalase a cualquiera y la amabilidad no
era su punto fuerte.
Pero, a pesar de todo, siempre
era el centro de las miradas.
Llamaba la atención intentando no
llamarla, y era escuchada por todos cuando no quería que nadie lo hiciese. Algo
especial en ella la hacía de lo más vulgar, mientras que a su vez, esa
vulgaridad la hacía especial.
Pidió un refresco con hielo en la
barra del bar. Justo antes de ser servida, un señor canoso ya la había invitado
a comer algo. La muchacha, con una expresión temible, terminó la conversación
antes de que comenzara siquiera.
Desde pequeña había sido educada
de manera que fuese lo más dura posible con las personas de su alrededor. Así
aprendió, y así creció.
Era ella hija de duques, aunque
siempre renegó de su sangre. Cuando en su boca tan solo existían dientes de
leche, en su cabeza estaban los cuentos que leía por las noches, e iba a la
escuela, los demás niños la asolaban y de manera muy cruel, se burlaban de
ella. Sorprendentemente, o no, todas esas personas que la negaron durante los
primeros años de su vida, pasados considerables años, como para conocer el
valor del capital, se interesaron por saber de ella.
A estas alturas, se podrá pensar
que lo especial en ella era todo el dinero que poseía en sus fondos; pero
curiosamente, era eso lo que la hacía vulgar.
Ella, sin lugar a dudas, era tan
solo una chica corriente, con sueños por cumplir, con decisiones por tomar... una
chica que tenía que equivocarse, aprender y, sobretodo, vivir.
Una simple muchacha que nunca
quiso reconocimiento por proceder de donde lo hacía.
Mientras las personas morían por
riqueza, ella tan solo quería vivir sin ella. Era infeliz. Pensaba que nunca
tendría un final feliz durante su vida, y que cuando llegara su muerte,
únicamente las personas que la quisiesen de verdad, serían las que se
preocuparían por ella y no por su bolsillo. Sus pensamientos siempre habían
sido tan tenebrosos que quiso ponerles fin, tanto a ellos como a sí misma.
Días pasaron, y el local al que
asistía normalmente, lucía un llamativo cartel de cerrado, después de tantos
años sin hacerlo ni un solo día.
La única persona que se había
preocupado por ella y su funeral, había sido el señor de la barra, ese que cada
día insistía en invitarla a comer, que era curiosamente, el dueño del local.
También, era el hombre al que
debía esos profundos ojos azules y esos hoyuelos al final de los labios. Era
pues, su verdadero padre. Al que, por supuesto, debía también la vida.
Cuando ella era tan solo un bebé
con dos pelos en la cabeza, el estéril duque, buscaba una hija a la que mimar y
mostrar al mundo. Ya que no podía traerla, se dedicó a pregonar en la región
(tenemos que reconocer que era un duque de pocas luces) que daría mucho dinero
por una niña sonrosada para criar, a la que no le iba a faltar absolutamente
nada. El pobre hostelero, (en esos tiempos sin canas), sin trabajo y en la
miseria, por entonces pensaba que su hija estaría en mejores manos con el
duque, ya que él, no tenía nada que echarle a la boca y temía hasta por su
muerte. Antes de que muriese desnutrida, la entregó a dicho duque. Ironía es
que años después -y no demasiados-, prosperase en un negocio, y se pudiese
permitir el mantenimiento de una instalación.
Así pues, la vida de la muchacha giraba en torno
al vulgar Don Dinero.
¿No es coincidencia que lo que le
salvó la vida fue también lo que se la arrebató?
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